La carta del decano de Ciencias Políticas y Sociales de la Pompeu Fabra

El decano de Ciencias Políticas y Sociales de la Pompeu Fabra ha enviado una carta a sus alumnos de primero y segundo. Habla de niveles bajos de asistencia, implicación deficiente, tareas sin rigor o trabajos no presentados. La califica la situación de «decepcionante y preocupante». La Vanguardia la recoge esta semana y abre el debate con voces de otras universidades, hay profesores que salen de clase con 4 alumnos de 34 matriculados, hay vicerrectores que hablan de un fenómeno multicausal, hay quien culpa a la pandemia, al precio del alquiler o a la compatibilización con el trabajo.

Todo eso es real. Y al mismo tiempo, llevamos discutiendo esto desde 1901, cuando Unamuno, siendo rector de Salamanca, ya avisó a los otros rectores de España: si no hacemos algo diferente en las aulas, no habrá razón para que los alumnos vengan. Que ya podían leer un libro en casa.

Ahora los alumnos, a parte de tener libros, tienen las presentaciones y los apuntes en plataformas LMS, los apuntes en Wuolah, los vídeos en YouTube y las dudas resueltas en treinta segundos con la IA. El docente, por su parte, carga con un programa imposible de cubrir con calma en un cuatrimestre, investigación, burocracia, y al final del curso una encuesta de satisfacción del alumno que puede condicionar su carrera profesional. Un sistema que a veces empuja a hacer las clases cómodas en lugar de retadoras.

El valor que debemos darles en el aula va mucho más allá de una puntuación extra (como opción), el acto docente pasa por comprender este mismo cambio social y actuar en consecuencia. Entender que la sociedad del conocimiento está cambiando las normas de aprendizaje, aceptar que la forma de comunicarnos está cambiando tanto como para no querer formar parte activamente de la vida académica.

Quizás debamos empezar a pensar en nuestras asignaturas como si tuvieran que ganarse a su audiencia desde el primer día, transmitir muy fácil para qué van a servir, dentro de la vida académica y después en la profesional. No con técnicas llenas de purpurina ni haciendo el pino puente usando metodologías activas. Sino entendiendo el contexto, comprendiendo cómo son los alumnos de ahora y cómo aprenden, y tendiendo puentes que faciliten el acto comunicativo que hace posible el aprendizaje.

No creo que nadie tenga la responsabilidad directamente, porque este mismo cambio social viene precedido de una nueva manera de entender la educación, primero en casa y después en la escuela, que ha transformado también cómo se perciben y se atienden las necesidades de las personas. La universidad se encuentra con esa realidad y se adapta como puede. Estamos ante un cambio enorme que está transformando cómo aprendemos, cómo nos comunicamos y cómo construimos pensamiento crítico. Y la pregunta que deberíamos hacernos no es «¿por qué no vienen?» sino qué valor ofrecemos que no encuentran en ningún otro sitio. El gran reto que nos ocupa.

Y, quizás, aceptar que la asistencia en la universidad pública no es obligatoria, que el reto es que las personas aprendan, y que aprobar debería ser la consecuencia de haberlo conseguido, no el fin en sí mismo.

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